lunes 23 de noviembre de 2009

a la manera de Oslo



Al llegar a cierta edad uno se siente mancillado por la vida hasta lo inmundo, como un trapo de limpiar el polvo que pide lavadora a gritos.
Bruno Esnal ha visto en el kiosco la portada del suplemento dominical en la que aparece una foto a blanco y negro de George Clooney, y esa frase entresacada de la entrevista en mayúsculas: "NO ME DA MIEDO ENVEJECER. PEOR ES ESTAR MUERTO". Camina decidido sobre la agotadora geometría de la acera esquivando deposiciones caninas; nadie que reparase en su figura diría que es un hombre que acaba de firmar la jubilación anticipada.
Ahora es el momento de disfrutar de ese bon vivant que siempre le ha estado vedado, de ser al fin sublime sin interrupción como dijo el poeta, de hacerse dueño del tiempo.
Lo primero es ir a comer a ese restaurante de la calle Leganitos del que tanto hablan los plumillas especializados en las reseñas gastronómicas de las revistas kitsch. Un camarero de ademanes mecánicos que parece no girar nunca el cuello le recoge la gabardina y le entrega una carta de atractivo diseño.
- Arenques ahumados con mostaza, a la manera de Oslo, y de segundo ossobuco con guarnición de trompetas de muerto salpicadas con salsa de ciruela, por favor.
El autómata disfrazado de mujik desaparece al atravesar las puertas abatibles de la cocina.
Es quizás la sugestión producida por su nueva condición de hombre libre, de novel diletante catador de hidromieles, la que le hace magnificar la bondad de aquel plato. Nunca ha probado nada igual, el arenque se deshace en su boca alojando en su paladar el regusto del humo de la madera de abedul, y de esa mostaza agridulce con un toque de vinagre de oporto, estimulante, que sin saber porqué le evoca un paisaje marítimo, la estampa de un muelle poblado de muchachas de cabellera rubia.
Ya ha llegado el segundo y las setas se asoman a su garganta dejando atrás una estela de sabores antiguos, de flores escogidas para una ofrenda olímpica, de bosques sumidos en la niebla. Es entonces cuando Bruno Esnal le pide al camarero un poco de mostaza para acompañar la carne de ternera lombarda.
El camarero, consciente de ser portador del oprobio, regresa cabizbajo a la cocina como un heraldo herido.
Eugenio Muñagorri, dueño de aquel negocio, es un afamado cocinero condecorado con la legión de honor francesa, advierte para sí que nunca podrá consentir ese ultraje a uno de sus platos estrella y se ahoga en un río de dudas, porque tiene también la obligación de no negar a un comensal un deseo tan sencillo de satisfacer, de no usurpar como un déspota la legítima razón que le otorgan al cliente los usos y costumbres que rigen el negocio de la alta hostelería.
Ahora Bruno Esnal vive en el restaurante, ya lleva allí tres años; se asea en los lavabos y gracias a un acuerdo nunca pronunciado duerme en el guardarropa. Un amigo le lleva una vez al mes las mudas y camisas a la tintorería y le hace los recados.
Amigos, si visitan en alguna ocasión ese renombrado comedor de la calle Leganitos, fíjense en el caballero de mediana edad que ocupa la segunda mesa de la derecha según se entra; acostumbra a leer novelas policiacas o a rellenar crucigramas tras unas gafas de montura negra. Es como un moderno Bartleby de la nouvelle cuisine.
Es Bruno Esnal que espera sin prisas su mostaza.

sábado 31 de octubre de 2009

levitar



Discernir sobre la imagen de lo divino y de lo humano era una de sus ocupaciones favoritas. Sometía los más nimios detalles al corrosivo de su análisis con criterios de vanguardia, desde una labor de gabinete más propia del carnicero sajador y esteticista al uso y correr de los tiempos, que del espíritu libre que intuye un camino en la espesura del bosque y percibe los colores ambiguos de la novedad con los ojos de un niño. Este espíritu es el que en última instancia se nutre de la carne del arte, pero ella, con sus lentes empañadas por el vaho del consumo rápido y seguro, sobrevolaba las escenas en la mágica alfombra de una exégesis fugaz, desdibujada, efímera; combatiendo la anemia resultante con la prescripción facultativa del producto manofacturado y prêt-à-porter. Aunque pueda resultar chocante, a expensas de sus concesiones gratuitas al Mercado y a la Industria, era, sin saberlo, una mística. En aquella espesa condición abigarrada hasta lo barroco, transcendía una sensibilidad estética de sobriedad cisterciense, no ya en sus contenidos, sino en esa prístina manera de vivirlos. Lo complejo era deconstruido hasta lo simple. Combinaba el dimorfismo indicador de toda esquizofrenia hasta la militancia templaria -mitad monje, mitad soldado-. Cuanto más creía estar entregada al exceso, más se acercaba a la sencillez monacal de su interior, a ese eje vital y minimalista que equilibrada sus dos mundos.


domingo 25 de octubre de 2009

¿Será esto una torre?


"¿Será esto una torre?" Témpera original de Inés Marco

Una vez al año, en la fecha señalada, doce hombres venidos de los más dispares lugares del planeta tienen cita en aquel singular emplazamiento. Torre de Beltz, Villa de Ezkioga, Comarca del Goiherri, Gipuzkoa.
Casa solar de antiguo linaje del que se ha perdido memoria. Torre desmochada, cuadrangular, gruesos muros de sillares calizos, sin ventanas ni saeteras. Blasón sobre el arco de románico primitivo que le da un único acceso, figura desdibujada en la arenisca por la lluvia y los siglos, tal vez un caballo piafante, tal vez un dragón, o una espada flamígera; conjeturas sin fundamento sobre el trazo del cantero borrado por el dedo de un demonio, o de un dios que tratase de hacer desaparecer una evidencia.
Caras sombrías, semblantes que transmiten el acarreo de una onerosa carga.
Ningún patrón externo que revele alguna relación entre aquellos doce caballeros sentados ya en la mesa circular, tal vez una pequeña mancha de nacimiento, un nevus melanocítico que no se halla a la vista.
Uno de ellos ha traído consigo una jaula envuelta en un paño encarnado, otro una pesada urna de bronce que extrae de una arqueta de madera historiada.
La votación es a puerta cerrada. Al aviso de una campanilla entra una doncella morena, (digo doncella porque no ha conocido varón), palidez de celda conventual, de mazmorra sin aspilleras, entallada camisa de cuadros, pantalones vaqueros, mocasines de becerro. La virgen extrae de la jaula doce pájaros y al rato regresa con ellos ya cocinados con alguna guarnición de verduras del tiempo sobre una bandeja dorada. La virgen escancia en las copas de cristal tallado lo que parece ser un vino espeso y oscuro . Los cubiertos de plata tintinean sobre la loza desportillada.
Luego sirve un té con pastas. Los doce hombres parecen sorber el té al unísono, los doce parecen sonreír a la par con comedida aprobación.
La jaula, en la que ha quedado sólo un pajarillo es izada con una pequeña roldana en el centro de la sala, hasta tomar la altura del artesonado de madera.
Todos observan la jaula, expectantes. Tras unos momentos de tensión, el pajarillo dorado inicia su trino, llena la estancia con su canto inequívoco, culpable, ancestral.
La virgen baja de nuevo la jaula y la coloca sobre la mesa, luego extrae el pájaro cantor y con sus blancas manos, con aquellos dedos níveos, finos y distiguidos de concertista de piano, retuerce la garganta de su víctima y la despluma. Tras elevarlo sobre la cabeza de todos los presentes comienza a comérselo (como quien devora crudo al mensajero), hasta dejar únicamente sobre su plato algún pequeño huesecillo.
Los doce hombres se marchan en silencio depositando sobre la mesa una generosa y extraordinaria propina.
Al verse sola, la virgen llora desconsoladamente.
La sangre resplandece aún en la comisura de sus hermosos labios como si fuese la brasa relicta de un fuego primigenio.


domingo 18 de octubre de 2009

las cabezas de Salomé


Salomé, óleo original de Lovis Corinth.

Salomé amaba las cabezas. Amaba las cabezas grandes, pequeñas, lampiñas, calvas, hirsutas, tomentosas, manifiestamente peludas... Amaba toda clase de cabezas y eso no tendría en sí nada de particular si no fuese porque Salomé amaba las cabezas separadas del cuerpo.
Salomé amaba las cabezas independientes, autónomas, ya decapitadas. Era todo un peligro salir por ahí con Salomé, aunque sólo fuese a tomar un café al bar de la esquina. Nunca sabía uno si iba a regresar a casa con la cabeza sobre los hombros, con la cabeza alta, bien amueblada, con buena cabeza o como demonios se diga. ¿Cuántos no habían vuelto sin ella del cine? ¿Cuántos no se las habían prometido felices y habían terminado perdiendo la cabeza por esa endiablada mujer? Avisados estaban pero acababan sucumbiendo a sus armas de mujer, a su estrábica mirada de princesa judía, a sus guiños, a sus ademanes zalameros y cautivadores, a sus bailes, a sus hábiles requiebros y contorsiones.
Salomé salaba las cabezas y las guardaba en una artesa un tiempo prudencial antes de colocarlas en sus estanterías, en sus anaqueles de coleccionista.
Cuando estaba aburrida, Salomé hablaba con sus cabezas clasificadas por tamaños y colores, y aquellas cabezas en salmuera y hechizadas con malas artes cobraban vida y le respondían. Entonces Salomé tenía que poner orden porque las cabezas querían hablar todas a la vez y lanzar sus reproches e improperios. Alguna cabeza incorregible le reiteraba su amor eterno, otras practicaban el chantaje emocional, las había diestras (si es admisible la expresión en semejante contexto) en plantear sofismas, acertijos y trabalenguas. Tal era el griterío y la tremolina que Salomé tenía que interrumpir de golpe la velada y hacer callar a sus cabezas pues se confundían las lenguas como cuando Nemrod ordenó construir la Torre de Babel, y no era raro que los vecinos se quejasen.
Sí, lo han adivinado, yo también me confié en exceso y pensé que nunca perdería la cabeza por aquella mujer, pero una tarde de verano me sedujo en una cita a ciegas en el puerto de Vladivostok y ahora les hablo insomne desde una repisa y me relamo la sal, mientras las demás cabezas duermen y mi cuerpo insensato pasea por el muelle asustando a la gente de bien.

lunes 12 de octubre de 2009

momentos previos a una lapidación



Los momentos previos a la lapidación están cargados de recuerdos y emociones contradictorias para el reo. Finalmente prevalece la firme voluntad de su sólida personalidad mesiánica y perturbada.
Conrado Bocanegra se atusa la perilla, ensaya en el retrete un discurso poblado de lugares comunes, de evidentes silogismos grises, de torpes retruécanos.
Dos funcionarios de la galería de heréticos, rapados al cero y con la palabra LOBEZNO tatuada en la frente con mayúsculos caracteres cirílicos, le conminan a que vaya acabando. Murmuran algo soez y al reír muestran al mundo su descarnada piorrea.
Los funcionarios de prisiones de la galería de heréticos siempre se han distinguido por hacer gala de un humor inteligente que aminora la tensión de tan graves momentos.
Conrado es conducido a la sala capitular donde le será leído un Título de la Ley del Espejo, el Título de la Consolación. Va pensando, ausente en su alegría santa, en su fervor patético, orgulloso de ir a derramar su sangre en aras de su vocación de protomártir de la escritura automática. Le brillan los ojos, un áurea luminosa parece envolver su asténica figura.

jueves 8 de octubre de 2009

-el sueño de Bjarni Askja



Bjarni Askja sueña una y otra vez un sueño recurrente que lo persigue con las imágenes nítidas, necias e inoportunas de una neurosis traumática.
Su sueño, invariablemente repetido en el diván de su analista, es el siguiente:
Bjarni Askja camina perdido en el bosque cuando escucha una risa de mujer sobre su cabeza y al levantar la mirada descubre un pájaro posado sobre la rama de un añoso fresno.
-¿Por qué te ríes? –le pregunta.
El pájaro ríe de nuevo y vuelve a reír con la armonía con la que cantan los ángeles y las sirenas, como un violinista que hubiese vendido su alma al diablo.
Pero Bjarni Askja no comprende nada pues desconoce el lenguaje de los pájaros.
Cuando aquel hombre perdido en el bosque que es él mismo, vuelve en sí, el ave ya ha desaparecido.
Queda no obstante fascinado por aquella risa y es tan grande el deseo que siente de interpretar aquel trino extraño y seductor que se jura a sí mismo no cejar en el empeño hasta encontrar a alguien que le enseñe el oculto lenguaje de los pájaros.
Y entonces cruza siete mares, siete montañas, siete ríos, siete dudas acuden a su corazón y le dejan el sabor amargo de un amor ausente cada una.
El tiempo onírico adquiere un cuerpo espeso, angustioso, y es tal su consistencia que se suceden los meses y los años, y los días en los que a veces pierde todo atisbo de esperanza.
Para subsistir se alimenta de raíces y de frutas robadas.
Al llegar a un desierto encuentra a un hombre que vive en una humilde jaima, el hombre le ofrece un té, y al contarle el objeto de su viaje, el hombre que vive en el desierto le dice que hoy es su día de suerte y que él le enseñará la oscura lengua de las aves. Bjarni Askja siempre pensó que allí, en el desierto, no había pájaros, y el hombre que vive en el desierto, que parece haber leído sus pensamientos, le invita a salir de la tienda y se los enseña. También le enseña el lenguaje de los pájaros, pero en ello se suceden otros siete años más en los que aprende el nombre de las estrellas y a sobrevivir a una tormenta de arena y a tejer alfombras y a herrar con cuero las pezuñas de los camellos y a volverse invisible. Cuando se despide del hombre que vive en el desierto, éste se ríe.
-¿Por qué te ríes? - le pregunta.
-Río porque marchas de aquí igual de perdido que cuando llegaste aquella tarde. Aún no sabes si persigues un pájaro con risa de mujer o una mujer con la risa de un pájaro.
-Bjarni Askja se despierta invariablemente en ese momento, cubierto de sudor, cubierto de oprobio, cansado, jadeante como una liebre a la que persigue un coyote.


lunes 5 de octubre de 2009

Tuka - Mambai



Haz que el cielo traiga una señal inequívoca, haz que mis sueños vengan poblados con un signo certero, exacto, que no dé lugar a conjeturas. Algo que me haga abandonar esta isla con la premura de un proscrito, y juro que lo haré aunque sea flotando sobre el tronco de una palmera.
Sabes bien que conspiré junto a Pascal contra la casuística, que señalé con el dedo a los espíritus mediocres de la Academia, que refuté a Aristóteles, que defendí el vacío y que con ello me gané el destierro.
No sé si huí de ti, de mí, o de las levitas de los hombres y de sus rancias pelucas empolvadas, pero desde que mi barco naufragó y llegué a Tuka - Mambai todo ha sido un delirio, el absurdo capricho de un dios enloquecido, sin viso ninguno de aventura.
Tuka - Mambai es un gran atolón infestado de gaviotas, hay miles, tal vez millones. Patiamarillas, reidoras, sienas, grises, de cola negra... todas con la punta del pico encarnada como si viniesen de atiborrarse en un festín macabro.
Los nativos son gente gentil, hospitalaria, sin nada en el cerebro que interrumpa su felicidad y sus hábitos simples y ceremoniosos, tal vez por ese motivo parecen vivir en la Edad de Oro que describía Hesíodo. Adoran a las gaviotas pero se alimentan de sus huevos que roban en los acantilados jugándose la vida; ansiosos comedores de huevos, eso es lo que son. Me dá la impresión de que esa es la causa de que estén todos enfermos y de que rara vez lleguen a la vejez.
Las gaviotas enfurecidas cagan sin parar sobre sus cabezas y ellos reciben toda esa inmundicia como si les fuese impuesto un sacramento divino, van de un lado para otro con el cogote cubierto de guano, sonrientes, orgullosos de toda la mierda que llevan por sombrero.
Conmigo, las gaviotas, parecen haber llegado a una entente cordiale, a un tácito pacto de respeto. Yo no me como sus huevos, ellas no cagan sobre mi calva bronceada por el sol de los Mares del Sur.
Los Mambai-Kten, los llamados así mismos Hijos de la Gaviota conocen el fuego, pero ignoran la rueda, yo he decidido por mi parte que no pienso darles a conocer su uso. Sería intervenir de una manera fatal en su destino, de arrebatarles irresponsablemente el plácido futuro de su pequeño paraíso.
Desde mi choza veo todas las tardes el indescriptible espectáculo del ocaso sobre las olas y deseo cada anochecer que el viento del Sur lleve a través del océano mis pensamientos hasta donde tú estás, y que a pesar de todo el tiempo que ha pasado, a pesar de mi imperdonable huída, sigas esperándome.