
Al llegar a cierta edad uno se siente mancillado por la vida hasta lo inmundo, como un trapo de limpiar el polvo que pide lavadora a gritos.
Bruno Esnal ha visto en el kiosco la portada del suplemento dominical en la que aparece una foto a blanco y negro de George Clooney, y esa frase entresacada de la entrevista en mayúsculas: "NO ME DA MIEDO ENVEJECER. PEOR ES ESTAR MUERTO". Camina decidido sobre la agotadora geometría de la acera esquivando deposiciones caninas; nadie que reparase en su figura diría que es un hombre que acaba de firmar la jubilación anticipada.
Ahora es el momento de disfrutar de ese bon vivant que siempre le ha estado vedado, de ser al fin sublime sin interrupción como dijo el poeta, de hacerse dueño del tiempo.
Lo primero es ir a comer a ese restaurante de la calle Leganitos del que tanto hablan los plumillas especializados en las reseñas gastronómicas de las revistas kitsch. Un camarero de ademanes mecánicos que parece no girar nunca el cuello le recoge la gabardina y le entrega una carta de atractivo diseño.
- Arenques ahumados con mostaza, a la manera de Oslo, y de segundo ossobuco con guarnición de trompetas de muerto salpicadas con salsa de ciruela, por favor.
El autómata disfrazado de mujik desaparece al atravesar las puertas abatibles de la cocina.
Es quizás la sugestión producida por su nueva condición de hombre libre, de novel diletante catador de hidromieles, la que le hace magnificar la bondad de aquel plato. Nunca ha probado nada igual, el arenque se deshace en su boca alojando en su paladar el regusto del humo de la madera de abedul, y de esa mostaza agridulce con un toque de vinagre de oporto, estimulante, que sin saber porqué le evoca un paisaje marítimo, la estampa de un muelle poblado de muchachas de cabellera rubia.
Ya ha llegado el segundo y las setas se asoman a su garganta dejando atrás una estela de sabores antiguos, de flores escogidas para una ofrenda olímpica, de bosques sumidos en la niebla. Es entonces cuando Bruno Esnal le pide al camarero un poco de mostaza para acompañar la carne de ternera lombarda.
El camarero, consciente de ser portador del oprobio, regresa cabizbajo a la cocina como un heraldo herido.
Eugenio Muñagorri, dueño de aquel negocio, es un afamado cocinero condecorado con la legión de honor francesa, advierte para sí que nunca podrá consentir ese ultraje a uno de sus platos estrella y se ahoga en un río de dudas, porque tiene también la obligación de no negar a un comensal un deseo tan sencillo de satisfacer, de no usurpar como un déspota la legítima razón que le otorgan al cliente los usos y costumbres que rigen el negocio de la alta hostelería.
Ahora Bruno Esnal vive en el restaurante, ya lleva allí tres años; se asea en los lavabos y gracias a un acuerdo nunca pronunciado duerme en el guardarropa. Un amigo le lleva una vez al mes las mudas y camisas a la tintorería y le hace los recados.
Amigos, si visitan en alguna ocasión ese renombrado comedor de la calle Leganitos, fíjense en el caballero de mediana edad que ocupa la segunda mesa de la derecha según se entra; acostumbra a leer novelas policiacas o a rellenar crucigramas tras unas gafas de montura negra. Es como un moderno Bartleby de la nouvelle cuisine.
Es Bruno Esnal que espera sin prisas su mostaza.






