sábado, 4 de diciembre de 2010

Lorraine observa el mar



Todos aquí me dicen Rufiana, pero me llamo Lorraine Dutrois y vengo del frío.
Al primero que me llamó Rufiana a la cara le partí las narices, de esto hace muchos años, sin embargo hoy ya no quiero llamarme de otro modo y si alguien me dijese Lorraine probablemente ni volvería la cabeza al no darme por aludida. La de vueltas que puede dar la vida.
Encontré al fin la playa donde solamente se escucha el batir de las olas, donde el mar huele a mar y la arena no ha sido aún conquistada por la despiadada legión de las sombrillas.  A veces me cruzo con un perro perdido o con algún marinero jubilado que pasea su envidiable indolencia. Rara es la noche en que se oye el ajetreo de  los contrabandistas desembarcando su mercancía, pero fuera de eso mi playa carece de cualquier interés mundano y es difícil verse sorprendida por alguna novedad que signifique un sobresalto.
Amé en una ocasión a un hombre al que le resultaba inaceptable mi pasión por las estatuas, yo tampoco entendía muy bien su desmesurada afición por los complementos imprescindibles, y como pueden imaginar,  nada bueno salió de todo aquello. El tiempo le ha venido a dar la razón a aquel hombre, porque ahora las estatuas, como la mayoría de las cosas, me traen al fresco. A veces me pregunto qué habrá sido de Fabien.
No tengo familia y el clima es el de un pequeño paraíso con la salvedad del  mes de la estación de las lluvias en el que abundan las tormentas, pero yo adoro las tormentas. Tampoco tengo amigas, todas acabaron muertas o en la cárcel, alguna ciclotímica en un sanatorio mental, allá lejos, en la vieja Europa, lugar al que ya nunca espero volver.
Qué rápido transcurren veinte años. Desde que estoy aquí trabajo por encargo, como si fuese el pintor de moda en una corte ilustrada. Cuando suena el teléfono, dos o tres veces al año como mucho, sé que voy a recibir un nuevo encargo y eso me saca de mis casillas pero aun así me considero una privilegiada por tener este empleo que me deja la mayoría del tiempo libre. De mis ingresos no me puedo quejar y apenas tengo gastos, no viajo, con excepción de algún desplazamiento laboral, ni tengo coche ni me gusta vestir ropa de marca, tampoco bebo ni me dicen nada los juegos de azar. Cuando me muera todo ese dinero que produce intereses en el banco se lo quedará el gobierno de la República  pero eso también me importa un rábano.
Ya sé que les parecerá chocante, pero vivo del accidente, aunque los que me contratan no son precisamente las compañías de seguros. El ejercicio de mi profesión depende de la falta de prevención de los otros, de su exposición al riesgo, de su propensión al descuido fatal.
Por las mañanas observo el mar y por las tardes, después de la siesta, me gusta cebar una buena pipa de madera de brezo y leer alguna novela de aventuras, ocupaciones -me dirán- de una mujer sin demasiadas pretensiones, pero yo soy de la opinión que es precisamente la ambición la que hace que se pierdan las mujeres.
Cuando ya no me valga por mí misma no pienso dejar que nadie limpie mi culo en alguna institución benéfica. No me ha llevado mucho tiempo escoger el accidente más adecuado para esa ocasión, algo instantáneo e indoloro como el café de sobre.
Hoy vino un tipo a casa para ofrecerme un seguro de vida. Aquello me resultó divertido y comencé a cumplimentar el formulario de la póliza, pero por mucho que rumié el asunto no encontré a nadie para dejar como beneficiario.
Cuando se marchó el agente de seguros pensé que esta vida es sólo una triste sucesión de paradojas, tal vez por eso -me dije- me guste tanto mirar el mar y escuchar el batir de las olas desde mi playa sin sombrillas.