Caro Massimo:
Por lo que veo aún no has curado la heridita del dedo, de tu dedo triunfante, de tu dedo de condottiero, esa heridita après-coup de desayuno en el que no probaste bocado.
Hace falta ser imbécil para herirse con un cuchillo de untar mantequilla francesa, esa mantequilla tan fina, tan intelectual, como de último tango, ideal para un cretino como tú y que los cretinos como tú dejan pasar la oportunidad de untarse porque la pose, esa mañana, estriba en mirar a las palomas.
El hotel aquel me resultó cargante, no hay peor gusto que rodearse de muebles de época que no son muebles de época, pero es que a ti te deslumbran las estrellas cuando debes mirar a los hoteles, y miras la fachadas de los hoteles cuando tenías que estar mirando las estrellas. No estás a lo que estás, Maxi.
El sábado pasado vi tu último libro en el escaparate de la Feltrinelli y me picó la curiosidad, con tu nombre sobreimpresionado en la cubierta, Massimo Curcio con letras magenta. Max y la púrpura, jo. No me pude controlar y entré. Si llego a leer el título desde la calle te juro que ya ni entro.
"La volubilidad de los patos salvajes": semejante enunciado le anima a una a comprar enteros de alguna compañía farmacéutica que fabrique supositorios, ¿cómo decirlo con palabras de tu verbo de plata? de un barroquismo militante, o no, mejor, superfluamente almibarado, eso es. Yo ya sabes que soy infinitamente más prosaica que tú, yo simplemente sugeriría: vomitivo. La solapa desgrana tu aquilatado currículum, el currículum de un perdedor. Max y la boheme, patético, el malditismo como destino consciente y bla,bla,bla. Poveri Max en su tinaja rechazando los premios que le tapan el sol.
Por supuesto que no lo compré, me llegó con leer el último párrafo que se recuerda con facilidad : "...y mis manos temblaron al descubrir sus ojos abiertos en la oscuridad de la noche, sus ojos abiertos en el fragor de la batalla." Bruogfs, perdón, era una arcada. Max y la lírica.
Cuánta maldad, pero no me das otra opción que la sinceridad, Bea la mala señalando desde su contradicción la gestualidad de tu dedo adlocutio, tu dedo que confunde lo alambicado con lo almibarado, il mio gattamelata.
No sé dónde mierda leí que en una ocasión un párroco guatemalteco tuvo que llevar a restaurar una imagen de culto de la época colonial, se trataba de un Santiago Matamoros ecuestre al que la feligresía compuesta mayoritariamente por indios le profesaba una enorme devoción. Con objeto de no privar a la parroquia de su imagen favorita mandó al restaurador en primer lugar el caballo con el sorprendente resultado de que los parroquianos dejaron de golpe de rezar ante la escultura policromada del santo. Cuando nuestro párroco indagó entre los indios el motivo de semejante abandono recibió como única respuesta por parte de sus feligreses que era el caballo el que obraba los milagros.El secreto de tu éxito, caro amico, residía en los milagros que obraba tu caballo, pero me temo que ya no es el brioso corcel de antaño y precisa también de una restauración urgente.
En cuanto a las palomas, recuerdo perfectamente si eran blancas, negras o grises, pero la memoria es un juego de ilusión al que de ahora en adelante deberás de acudir en solitario. O buscarte otra Mnemosine.
Arrivederci Massimo, y si no te veo, que lo veo difícil, tanti auguri.
Beatrice.
