domingo 21 de noviembre de 2010

Cara Beatrice/ Epistolario XII


Cara Beatrice:
Tal vez sean estas las últimas palabras que te escribo, degustémolas como aquel desayuno en la terraza del Parco dei Principi, el que nos fue servido por un camarero con aires de almirante, aquel desayuno en el que yo no quise probar bocado y me quedé mirando las palomas. El enigmático y voluptuoso juego del amanecer de las palomas.

Ya te comenté en una ocasión que nunca me he aburrido en mi vida, aunque también es cierto que me han aburrido muchas veces. Desde que volví de Tívoli he estado dándole vueltas a la cabeza al tema del dolor, sobre el que quiero escribir algo para el suplemento de La Repubblica, y me ha dado por hurgar con mi mano insolente (esa que tú conoces), en las hagiografías de los grandes profetas, aunque no sé porqué también se me ha ocurrido al mismo tiempo meter la nariz en la biografía de Jesse Pomeroy, el niño psicópata de Charleston, Massachussets.

Ha sido nefasto para todos que nunca se haya manifestado dios en persona y que siempre haya enviado al mundo un sacrificado explorador para ver qué se cocía por aquí. Todos ellos han tenido gran interés en indicarnos lo que son el bien y el mal, de elaborar aburridos catálogos de preceptos y tabúes, manuales de urbanidad y decencia para internados de señoritas bien; pero la Humanidad, eso lo sabemos tú y yo, no es precisamente un internado de señoritas bien.

Ha abundado mi curiosidad en sus nacimientos e infancia, en la mayor o menor dedicación que tuvieron para ocuparse del dolor humano, y también en la manera en la que se fueron de la fiesta, espichándola como cualquier hijo de vecino.
Todos los profetas nacieron de mujer, por lo menos tuvieron ese privilegio y la decencia de no negarlo y venir con el cuento de que habían llegado hasta aquí por generación espontánea, aunque al bueno de Jessy no le quedó ninguna opción de pensarse la cosa y vio la luz de este valle de felicidad ya sentenciado a las brutales palizas que su padre Thomas le dedicaba con cariño hasta reventarle una y otra vez la cabeza y convertirla en una colección de cicatrices desde la que oteaba el mundo con su ojo derecho sin iris ni pupila, con su ojo de monstruo. Como si fuese una mujer yanomami a la que su marido le ama con gratuita constancia.
Pero no sé porqué te cuento todo esto si en realidad lo que quiero es hablar de ti.

Cara amica, desde que te conocí se abrió para mí la cámara acorazada de las conjeturas, y a veces siento la posibilidad de que todavía permanezco allí dentro, perdido. Es como si fuese el observador de un retrato renacentista, ante el cual te pongas donde te pongas, el personaje retratado siempre da la impresión de estar mirándote.
¿Hasta dónde llegan tus mentiras?, ¿hasta dónde la sublime sinceridad de tu inocencia?
¿Dónde empieza el embozo de tu farsa?, ¿dónde acaba la cándida virtud de tu pasmosa ingenuidad?
No pienses que te juzgo, no tengo argumentos para hacerlo, pero me gustaría que ese trato resultase recíproco y tú tampoco me juzgases. Aunque ahora ya es tarde para preguntar estas cosas. Las palabras siempre llegan con excesiva premura o aquejadas por una fatal morosidad. Siempre adolecen del don de la puntualidad, nunca son oportunas.
¿Quieres creer que no recuerdo si aquellas palomas eran blancas, negras o grises? Tampoco espero ya que tú te acuerdes.
Arrivederci.

Massimo.


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