Todos aprendimos de Tabatha. Aunque nos cueste reconocerlo, todos aprendimos de Tabatha. Cuando Tabatha se incorporó a la Compañía no había quien no recelase de ella, pero sería injusto ahora no ponderar sus inesperadas aportaciones. Tabatah nos enseñó a huir de los evidentes rayos del sol, pero también nos surruró al oído el nombre del angosto sendero por el que escapar de las sombras, gracias a ella tomamos la costumbre de mimetizarnos debajo de la mesa camilla y escuchar anónimamente las comprometedoras conversaciones de sobremesa, nos desveló todas las trampas del mus que arriba se jugaba, sobre el sucio tapete, sin necesidad de apostar. Nos ahorró los órdagos, pero es de ley admitir que también nos evitó los faroles. Después de todos estos años, Tabatha consiguió desterrar las pelucas, tan firmemente instaladas en nuestros protocolos de actuación hasta hace pocas fechas. Hasta que llegó Tabatha todos nos esmerábamos en cumplimentar al remate de nuestra jornada los partes de servicios con la escueta anotación de objetivos cumplidos, sin otra ambición que la consecución delas rutinarias y muchas veces inútiles previsiones. Ahora ninguno de nosotros saldría a la calle sin su caja de lápices de colores y su goma de borrar junto con la libreta de formularios, a la que hasta hace pocos años tan sólo acompañaba el aburrido boligrafo Parker de tinta azul con que nos equiparon el primer día de servicio.
A riesgo de convertir mi exposición en un sospechoso panegírico diré que sería prolijo detallar sus dávidas y sus pasos de baile, el empleo de los electrodomésticos de cocina como novedoso campo de aplicación de nuestro trabajo, arrinconando para siempre el teléfono y las tulipas de las lámparas, inevitables y manidos lugares desde la guerra fría. Los disfraces por supuesto que ya nunca más fueron los mismos, y el apostarse detrás del New York Times en un banco del paseo marítimo ha pasado a la historia, aunque tampoco han sido ajenas a sus gustos ciertas referencias cinematográficas clásicas como las norias del parque de atracciones o las coctelerías, últimos coletazos inconscientes quizá de sus querencias románticas.
Ha pasado el aniversario de Tabatah y pocos la hemos felicitado como se merecía, unos por desidia, los más por pura vanidad, otros como yo por una timidez tan arraigada como compulsiva, y recordando a día de hoy todos los trucos de magia con que sorpresivamente renovó los anquilosados procedimientos que manejábamos, y las llaves de judo que se empeñó en enseñarnos y con las que nos zafamos de tantos peligrosos fontaneros en la penumbra de callejones sin salida aparente, me afirmo en la opinión de que nos hemos comportado como auténticos canallas, porque como ya dije al principio, sería muy injusto no admitir que todos aprendimos de Tabatha.