lunes 11 de octubre de 2010

Mantiene Matilde /4 Matilde amontona infinitivos


Desperté confusa y en una cama ajena. Una densa laguna me imposibilitaba recordar cualquier acontecimiento o imagen de la noche anterior. Compartía la almohada con un hombre que vuelto de espaldas a mí roncaba de manera estentórea por no decir brutal, y una fetidez hedionda (como de animal muerto) apestaba la habitación con un tufo insoportable. ¿Dónde había olido yo una tufarada semejante? Un olor así no se olvidaba tan fácilmente. Un efluvio de esa condición hendiría la pituitaria estimulando las células olfativas con la intensidad suficiente como para que el hipotálamo cerebral resultase marcado con un rastro imperecedero. No había duda ninguna, aquel hombre era Gustavo.
Me vestí y abandoné aquel lugar infecto procurando no despertar a la bestia dormida. Me sentía aturdida, noqueada por un golpe impredecible, humillada en lo más profundo de mi ser. La que ayer fue princesa hoy era mendiga que pedía como limosna una pieza de fruta a la puerta de un mercado, era un caballo cojo, una serpiente emplumada, un bosque en llamas que ya reconocía sus cenizas.
Sensación de infinito, de caer al vacío, de amontonar infinitivos como zapatos rotos. Habitación 105, duchar una y otra vez mi cuerpo mancillado queriendo borrar aquella suciedad que parecía cubrir toda mi piel como un napalm de culpas y huellas indelebles, preparar mi equipaje, salir del ascensor, encontrar a Rosana Téllez  que iba acompañada de un imberbe que bien podría ser su hijo y hacer como que no les había visto, robar un taxi a una sexagenaria que me llamó sinvergüenza, llorar sin consuelo en el trayecto al aeropuerto de Tenerife.
Al llegar a San Sebastián también llovía, el Urumea parecía desbordarse queriendo acompañar mi desconsuelo, del autobús a casa me empapé.
Mi confortable apartamento es ahora la sórdida mazmorra del vencido. No coger el teléfono, no mirar los relojes, preparar un vodka con limón y tragar todas las pastillas que encontré en el aparador: Valium, Tranxilium y Myolastan. Preparar otro vodka, esta vez sin limón.
¿Qué decirle a Fernando? ¿Qué decirme a mí misma? ¿Cómo pudo haber sucedido aquello? No querer vivir sin respuestas.
¿Cómo aceptar el haberme acostado con un ser al que ayer mismo hubiera confinado en un gulag, al que hubiera condenado de por vida a trabajos forzados? ¿Llevaría dentro la semilla de aquel oligofrénico? ¿Habría concebido un hijo suyo? ¿Un pequeño monstruo pestilente como él? ¿Esperaría a engendrar semejante criatura?
A alguien le escuché que todo tiene solución en esta vida, todo excepto la muerte.
La muerte es ahora la única solución para afrontar el error de la vida, la respuesta inevitable, el camino que promete la paz a un espíritu que ya no espera nada. Querer prepararse otro vodka y ya no tener fuerzas. Abandonarse al sueño dulce que libera mis hombros de tan pesada carga. Dejarse llevar como un pañuelo que mece el viento del otoño.
(Continuará...)