
Mantiene Matilde mi tendencia a convertirme en un misántropo. No ha de faltarle razón.
Hay personas que coleccionan coleópteros, soldaditos de plomo o máquinas de coser; yo colecciono reacciones humanas. Para el coleccionista de reacciones humanas no todo es tan fácil como podría parecer. Esta afición tal vez enfermiza, obsesiva, morbosa si se quiere, dificulta notablemente las relaciones sociales con otros individuos comúnmente considerados normales.
El llevar las situaciones al intrincado terreno de la paradoja, forzar la sinrazón, apurar con ansiedad la medida de lo correcto, conduce inevitablemente a la sorpresa, en ocasiones al asombro desconcertante y súbito, y al fin a la aprensión atávica que origina la huida del más templado sujeto objeto de nuestro... llamémoslo trabajo de campo.
Mantiene Matilde que mi comportamiento es inaceptable, asocial, y puede que esté sobrada de razón, pero contemplar los cariacontecidos rostros, su cambio de color, el binomio infalible de estímulo-respuesta, la escapada precipitada en ocasiones de nuestros interlocutores, a expensas de que le consideren a uno un psicópata o simplemente un imbécil, merece siempre la pena para el coleccionista de reacciones humanas que anotará seguidamente en su libreta, con la paciencia de un virtuoso amanuense, la fecha, circunstancia y sujeto junto a este o aquel resultado obtenido.
El hacer un balance de resultados al concluir el año y elegir la reacción humana favorita de la temporada es ya cuestión del mayor o menor celo que ponga en su actividad inventariadora el coleccionista de reacciones humanas. Yo personalmente siempre hago balance el 28 de Diciembre, pero eso es cuestión del gusto de cada uno, ahí yo ya no me meto.
No es muy difícil concluir lo diametralmente contrario a lo que se espera que diga o haga uno, y decirlo o llevarlo a la práctica para obtener lo abracadabrante se convierte en un vicio sutilmente cruel, aunque visto el motor de toda generación humana, las carencias, necesidades y motivaciones de ésta, yo diría más limpio y elegante que otros vicios.
Mantiene Matilde que yo odio al género humano, que no soy más que un resentido, que me estoy convirtiendo en un demente, en un pececillo al que arrastra la corriente de un fatal remolino, y puede que no esté equivocada.
Aunque el abuso de tal actividad coleccionista te acabe convirtiéndo en un ser tabu (obsérvese que utilizo el término sin la tilde ortográfica occidental tal y como lo utiliza la antropología, con el objeto de referenciarlo especialmente a Polinesia y en el sentido polinésico como ya distinguía Radcliffe-Brown), y aunque Matilde diga misa, tales reacciones humanas no es que mantengan algún paralelismo con las supersticiones de una tribu, es que son clara y nítidamente las supersticiones de una tribu.
Imaginemos por un momento que el azar haya querido el fortuito encuentro de dos coleccionistas de reacciones humanas sin que ninguno de los dos haya sospechado la condición del otro. Chispas, culebrinas y falconetes, trufas de Perigord. Bueno, mejor no imaginemos nada, o imaginemos cualquier cosa menos el espantarse de la quimera como un kikuyu del África oriental ante alguien que haya pisado un cadaver, tocado la hemorragia menstrual de una mujer o comido de una olla agrietada.
Mantiene Matilde que lo que hago es deleitarme con el mal y la debilidad ajenos y eso no se lo admito, eso no voy a consentírselo de ninguna de las maneras. Ni a Matilde ni a nadie.