jueves, 23 de septiembre de 2010

Mantiene Matilde /3. Es un milagro


Retrato de Francisco I como San Juan Bautista, óleo original de Jean Clouet. (Pinche sobre la imagen si se atreve)

Es un milagro ver atardecer en Las cañadas del Teide. Los matices se adueñan de las formas y se apoderan de los colores a medida que la luz se esconde sobre el desierto volcánico.
Después del día tropical que habíamos vivido, el cielo se fue encapotando y el viento comenzó a tornar incómoda nuestra estancia en el exterior. El personal del Parador aconsejó que pasásemos dentro y se puso a la faena de retirar las mesas y desmontar apresuradamente las carpas tensadas por el aire que parecía querer arrancar las lonas y hacerlas volar sobre el desierto como sábanas escapadas de la cama de un gigante dormido. Empezó a llover torrencialmente y me acerqué a la entrada buscando sentir el olor primordial y femenino de la tierra mojada.
Paqui se casaba con un homeópata de Valladolid que había conocido hacía un mes en un viaje a Estambul y de algún corrillo de lenguaraces y endomingadas jovencitas se escapaba el murmullo de que aquella boda era una locura y que él tenía toda la pinta de ser un lagarto.
Fernando me había puesto la excusa de un congreso en Vitoria y yo no le había insistido mucho para que viniera conmigo, siempre he preferido viajar sola y él lo sabe.
Nos sentamos a la mesa; el cuarteto de cuerda interpretaba solemnemente a nuestras espaldas un Bach desencajado cuando Rosana, que iba monísima con un escote palabra de honor, me dio con la rodilla y a un disimulado gesto de su mirada me indicó la mesa de la derecha preguntándome si no lo había visto.
-¿A quién?  
-Al showman de la tele.
Cuando me volví en aquella dirección no podía creer lo que veían mis ojos. Era Gustavo.
Gustavito Rovira sostenía con ambas manos un conejo entero al que arrancaba de un mordisco una pata poniéndose todo perdido de salmorejo mientras sus compañeros de mesa inmortalizaban aquel espectáculo con las cámaras de sus teléfonos móviles. Y me guiñaba un ojo.
Derramé torpemente mi copa de vino sobre la fuente de mojo picón y un tic nervioso se apoderó de mi párpado izquierdo. Nunca habría imaginado encontrarme con aquel imbécil a 2500 kilómetros del sofá de mi despacho. Y comencé a beber desaforadamente con el objeto de anular aquella realidad, como queriendo despertar de un mal sueño en el que estaba siendo víctima de la  persecución de un hombre primitivo.
(Continuará...)