jueves 16 de septiembre de 2010

Mantiene Matilde /2 Algo hace aguas

 















Pinche sobre la imagen si se atreve

Si mi verdadero nombre es Matilde Costa, hoy querría ser otra mujer cualquiera y llamarme Maite Olaizola o Concepción Bermejo y tener otro número de teléfono y otro domicilio y no existir para ninguno de mis conocidos o en su defecto que me tragase la tierra directamente.
Mi vida discurría con absoluta normalidad, era todo lo felíz que puede ser una ciudadana que ha terminado sus estudios en la universidad y tiene una pareja estable y un trabajo  bien remunerado; mi juventud no ha sido obstáculo para que acabase el doctorado y consiguiese en la empresa un puesto de relativa importancia.
Todos los problemas llegaron el día en que el imbécil de Gustavo Rovira cruzó la puerta de la agencia de asesores de imagen donde trabajo.
Gustavo Rovira es un idiota inclasiflicable y con los rudimentarios conocimientos de psicología que poseo me resulta imposible hacer un diagnóstico de su difícil caso, aunque creo de corazón que ni el padre del Análisis estaría preparado para hacerlo.
Gustavo Rovira es un histrión alopécico, halitósico y megalómano que paga religiosamente nuestra minuta y al que dispenso un trato personalizado por ser para la agencia un objectiv client, que es como denominamos profesinalmente a los clientes que sueltan alegremente la gallina y requieren un tratamiento prolongado de nuestros servicios. Opino que un caso como el suyo necesitaría de un experimentado psiquiatra que no le hiciese ascos al empleo del electroshock y la lobotomía. La pérdida del cabello y su total abandono de la higiene bucal, que dificulta cualquier conversación con él a menos de dos metros, no serían un problema para cualquier personal hooper  de nuestra agencia. Lo verdaderamente laborioso es sufrir su discurso, un discurso que va minando la moral con su arquitectura constante y acumulativa de sandeces y disparates que Gustavito considera geniales.
Gustavo Rovira es un artista multimedia de éxito reconocido, un vendedor de humo que domina la construcción de la memez gratuita haciendo las delicias de cualquier auditorio. En el trato personal, (perdonen que me muestre así de vehemente) es un ceporro mamacallos, pasmón y majadero. El típico lerdo que si te descuidas te pega los mocos en la gabardina y con la misma te suelta una perorata en la pose del faro de Alejandría irradiando su luz a las tinieblas.
Cuando Gustavito entra en mi despacho parece buscar con sus ojos de pez el diván del analista, y al no encontrar nada mejor se repantiga en el sofá como un cerdo ahíto de remolacha. Y empieza a largar por la boquita.
La última ocurrencia es presentarse al mundo como un coleccionista de reacciones humanas, declaración de intenciones que me enerva especialmente sin poderlo remediar, es superior a mis fuerzas. Se recrea en la entonación de sus palabras, se escucha con satisfacción poco disimulada y sonríe pagado de sí mismo mientras gesticula como un bufón palaciego. Su fraseología es narcisista, yo diría quizá autística; su insufrible jerigonza atrae a públicos de todas las edades como moscas a un carro de mierda y quiere que le ayudemos a explotar esa faceta. Ahora anhela convertirse en un conductor de masas, en un magnetizador de multitudes. El vestir a diario camisetas de tirantes y bermudas bombachas, es para él, señal inequívoca de ser un hombre trendy , el perfecto dirigente que precisa la masa para acometer la batalla de la renovación estética, de la revolución espiritual que demanda el mundo convulso del siglo XXI.
(Continuará...)