
Cuando el viajero se apea del expreso de Irún la estación ofrece una estampa que juega al contraluz con los abrigos de franela y los gatos merodeadores. El viajero avisa con gesto cansado a un mozo bagajero que con su gorra de plato verde y manejando un carrito portamaletas se hace cargo de todo su equipaje.
- Envíelo en un carruaje a la calle Torpedero Tucumám dieciocho, tome y quédese con las vueltas.
-El mozo escucha la palabra carruaje con perplejidad no exenta de regocijo y se fija en el rostro de lechuguino del viajero: pálido, desangelado, diríase espectral.
El viajero repara en lo de su pierna, en lo de que le falta una pierna, y entra en el bar de la estación con aires de excombatiente, de lisiado de guerra resabiado, tambaleándose sobre sus muletas de madera.
La decoración es sencilla y decimonónica, carteles de festejos taurinos y un gran reloj con números romanos en el que se ha detenido el tiempo. Cinco caballeros toman café en la barra y el viajero observa que a todos les falta la pierna derecha. Los señores sin pierna le sonríen con cierta complicidad, con la familiaridad que supone pertenecer a un selecto club, a una familia con alcurnia, la bien avenida familia de los hombres sin pierna derecha.
Tratando de romper el hielo que supone tal circunstancia, el viajero, sintiéndose liberado al fin de sus valijas, va y se pide un café.
-Nadie me ha dado vela en este entierro - les dice el camarero - nadie me ha dado vela en este jodido entierro, pero perdónenme si les digo que les veo muy desorientados, ustedes creen regresar de vacaciones, pero ese tren no les ha traído de ningún balneario. Ustedes, infelices, alguien tenía que decirselo, ustedes vienen del exilio.
-Afuera resuenan voces de megafonía, gente con dos piernas acelera el paso para no perder el tren que anuncia su partida con un bramido de elefante celoso desde la vía 7.