martes 6 de julio de 2010

TOCAN MIS CALAVERAS/4



Matthew no era mal tipo, pero en sus últimos días le daba por incordiar y se ponía espeso, como si la premonición de su propia muerte le obligase a emular el comportamiento del primo pesado de la familia. No le encontré mejor destino que el de abonar el parterre de rosas "Prince of Wales" que hay junto a las escaleras del estanque, eran sus predilectas.
De Lubna dije que nunca más me volvió a visitar, pero ahora he de decir que eso es tan solo una verdad a medias. En honor a la verdad diré que no volvió a visitarme porque tampoco llegó a abandonar nunca Disobeury.
Lubna era alegre y descarada como el viento que sopla del Snowdon y hace volverse loca a la chirriante veleta del viejo caserón. Cambiaba de rumbo, se perdía entre los centenarios setos de tejo y boj del laberinto del estanque, y volvía siempre mojada, manchada de barro, con la mejor de sus sonrisas, demandando un baño de sales y una copa de oporto con la requisitoria de su más dulce apremio.
A raíz de la desafortunada desaparición de Matthew hice instalar una vitrina de cristal que aislase del mundo la maldita colección de osamentas del tío Richard y eso me proporcionó una buena temporada de tranquilidad ante la insistente solicitud de todas las visitas de tocar los cráneos con los más dispares y peregrinos pretextos. Algo en mi ojo de cristal me decía que si alguien volvía a tocar mis calaveras, se precipitaría de nuevo el sino de la fatalidad sobre Disobeury.
Aquella mañana nos levantamos temprano con el propósito de visitar el lago Brianne y sus alrededores, atractivo itinerario para una estudiante de arquitectura y su acompañante, un veterano de las Falkland con un ojo ortopédico que casi comía en su mano como un ave de corral. El viejo Austin A40 sports ya estaba preparado frente al porche cuando ocurrió lo que nunca debió de haber sucedido.
No creo que venga al caso proporcionar los detalles de cómo acabé enganchado con unas esposas a la cabecera de mi cama. Lubna cerró el dormitorio y aprovechó para ejecutar todas las acciones que yo le había prohibido expresamente. Empezó por hacer sonar a todo volumen mis discos de vinilo, comenzando por el de María Callas en el Scala de Milán, cambió los cuadros de sitio y puso la casa patas arriba buscando las llaves de la vitrina, una vez que las encontró en el bolsillo de mi gabán, se preparó un baño de sales y se llevó la calavera de una jirafa, digo yo que sería para frotarla con la esponja. Como desde el baño no escuchaba la música, encendió un viejo aparato de radio que hay junto a los frascos, con tan mala fortuna que al coger la toalla arrastró el cable del aparato y éste cayó sobre la bañera, electrocutándola y produciendo su muerte al instante.
Yo pude liberarme a los dos días y me encontré con aquella espantosa escena.
Los alquimistas dicen que las casualidades no existen, yo creo que esta sucesión de desgraciados acontecimientos tiene como origen el haber violado la paz de las calaveras, no creo que se trate esta vez de una percepción subjetiva.
Ahora Lubna descansa para siempre bajo la Magnolia soulangeana que hay en el centro del laberinto, como una Ariadna que hubiese decidido habitar para siempre en el confuso hogar del Minotauro, pecosa y disparatada Melusina que me hizo tan feliz.
¿Cómo poner en conocimiento de las autoridades tan nefastos accidentes? ¿Quién habría de creer la verdad de aquellas inexplicables muertes?
Todos dudarían de las palabras de un tullido de guerra con un ojo de cristal que lleva en la espalda un tatuaje sicalíptico, de un excéntrico que cría tarántulas en el sótano y vive solo, en una arruinada mansión decimonónica, rodeado de calaveras animales.
Esta primavera he pintado la casa y he dejado los cuadros de los Herbert de Wales en el orden que Lubna decidió. La magnolia del laberinto ha florecido como ningún año antes lo había hecho.
En las tardes en las que sopla en viento del Snowdon y hace chirriar la veleta, tomo un baño de sales y me bebo una copa de oporto en memoria de Lubna.