
Cuando uno llega a Pomerania, lo primero en lo que repara es en el elegante letrero de bienvenida. Enorme, en letras de imprenta de color azul cobalto metalizado sobre fondo amarillo limón. Uno parece experimentar el estar traspasando la frontera de lo privativo, el dejar atrás el mundo evidente y cotidiano de las marcas baratas, los vecinos con caspa y la claudicación sincopada y burguesa de llegar a fin de mes. ¿Qué ciudadano en sus cabales no anhelaría el vivir en Pomerania?
Calles trazadas por el tiralíneas de una arquitectura visionaria, complejos de discretos chalets adosados, piscinas donde jóvenes toman el sol en tumbonas de teca, canchas de tenis de tierra batida, deportivos descapotables, casas de época pintadas de colores, rascacielos futuristas, y esa deliciosa luz de estío que parece otorgar a Pomerania un verano perenne.
Los habitantes de Pomerania aparentan disfrutar de una apacible existencia: saludan a sus vecinos tras sus gafas de sol ahumadas, se sonríen mientras hacen la compra semanal en el supermercado, ceden el paso a los peatones en los pasos de cebra, pasean a sus mascotas en un flemático y envidiable deambular; porque ante todo, los habitantes de Pomerania adoran a sus mascotas, señal evidente de su alto grado de civilización.
Hasta la fecha todos habíamos oído hablar de los inexplicables suicidios de cetáceos; grandes y pequeños mamíferos marinos que perecen varados en las playas empujados por una enloquecida decisión a abandonar el mar, condenados a la eutanasia por una Naturaleza impía, practicando el desconcertante ejercicio de la autoinmolación. Nadan hasta quedar encallados sobre la arena y morir de asfixia como pecios de viejos galeones arrastrados a la costa después de un naufragio.
Pero nada de eso es comparable al extraño fenómeno acontecido en Pomerania el 29 de Julio de 2011.
La ciencia busca sin éxito encontrar una causa razonable a esta hecatombe demencial, espantosa e imprevisible que envuelve en una horrible pesadilla a los habitantes de Pomerania, exonerados hasta entonces de cualquier sobresalto.
Todas las mascotas parecen sentir de pronto la imperiosa necesidad de subir a los pisos superiores de los edificios y arrojarse al vacío desde ventanas y azoteas, tomando impulso y rompiendo los cristales en muchas ocasiones, golpeando en su caída a numerosos viandantes, causando muertos y heridos entre la población. El espectáculo es dantesco, el documento de un videoaficionado abre los telediarios de los cinco continentes. Llueven gatos y camaleones, perros, ornitorrincos, hamsters, tortugas, conejos belier; un cerdo vietnamita aplasta en su caída a un vendedor de helados que agoniza sobre la acera entre gritos y convulsiones. Las calles se llenan de cuerpos de mascotas reventados, muchos todavía con vida se muestran rabiosos y agresivos, en patética gimnasia de miembros descoyuntados, desangrándose lentamente, desafinado e infernal coro de últimos estertores.
Las mascotas de Pomerania, las elegantes y privilegiadas mascotas de Pomerania han decidido ser, en un postrero impulso, desobedientes, comportarse como el maná concedido en la travesía del desierto al pueblo elegido, y ahora cubren las aceras dificultando el tránsito peatonal, colapsando la circulación de vehículos.
El gobernador de Pomerania, Aaron Gesualdo, máximo accionista de la industria de piensos para mascotas, lee un teletipo que anuncia el desplome de todas sus acciones y se arroja desde la ventana de su despacho en el octavo piso del Pomeranian Center. Su sangre se extiende sobre las baldosas y acaba uniéndose a la de un gato de angora enjaezado con un bonito lazo de seda fucsia.
Caprichoso el destino de Aaron, que siempre mantuvo una furibunda aversión a los gatos de angora.