
La indisposición del General Petraeus
Pero vayamos al asunto, todo este prolegómeno venía al caso para hablarles de mis calaveras y temo acabar yéndome por las ramas. El tío Richard sí que era un excéntrico, a él le debo la valiosa colección de calaveras y esqueletos animales que atesoro con verdadero celo en las vitrinas acristaladas del comedor, las calaveras son las que han creado todo este fabuloso embrollo. El tío Richard murió con el grado de comandante del 6º de Dragones, Regimiento en el que sirvió como capitán durante la guerra de los boers, y en la segunda batalla de Ypres contra los alemanes en la guerra del 14, siendo condecorado por su arrojo y valentía con la medalla de la Orden del Imperio Británico en el 18. Aun a sabiendas que fue toda su vida un auténtico crápula, la familia guardó siempre un hipócrita silencio al respecto y lejos de considerarle un bala perdida, adjetivo que se había ganado a pulso, se vanaglorian en cualquier ocasión de su brillante hoja de servicios, que parece hacer refulgir con meritorios relumbres el desgastado y polvoriento blasón familiar.
La verdad es que tío Richard quedó bastante afectado por el clorhídrico asfixiante que los alemanes probaron durante la batalla, y aunque la Historia únicamente recuerda las secuelas físicas y nunca las psíquicas entre los contendientes, cuando le fue concedida tan alta distinción ,el bueno de tío Richard ya tenía perdida totalmente la chaveta a consecuencia de la inhalación de tales armas químicas. Solterón empedernido y picaflor declarado, murió sin descendencia conocida, por lo que en su testamento legó al primogénito de mi padre, o sea a un servidor aunque no había nacido todavía, sus posesiónes en el Glamorganshire, entre ellas la preciosa villa en la que habito, con la colección de calaveras dentro, por supuesto. El resto de propiedades las vendí hace doce años, harto de aguantar a los honorables caballeros de la Comisión Nacional de Bienes Históricos.
Como ya les dije, todo aquel que llega a la casa, Solar de los Herbert de Wales, queda sobrecogido por todas aquellas osamentas, pero lo peor del asunto es que siempre todos sin excepción se empeñan en tocarlas. Me he esforzado desde el primer día en que nadie les ponga las manos encima con toda clase de excusas y sólo en algunos contados casos alguien ha conseguido su propósito, el resultado ha sido, como verán, absolutamente fatal para ellos.
Matthew fue mi primer y último jardinero; apareció en casa dos días después de publicar el anuncio en el South Wales Echo, y resutó ser un especialista en flores ornamentales y consumado jugador de ajedrez, trabajador metódico y discreto, lo cierto es que me hacía bastante compañía y era de entretenida conversación en las tardes frías del invieno junto a la chimenea.
Una tarde de aquellas le invité a que pasara al comedor para continuar una partida que habría de quedar inconclusa. Se empeñó en limpiar el polvo de la colección de una manera un tanto impertinente, desoyendo todas mis razones, con aquella cara difícil que tenía, abogando por la conservación de aquellas piezas, con sus ojos diminutos y su boca ínfera y retráctil como la del esqueleto de esturión que hay en la segunda estantería. Inmediatamente después de pasar una gamuza por la primera pieza, la calavera de un mono babuino, se sintió indispuesto y dijo que iba a su habitación en las caballerizas, donde estaba instalado, a por unas pastillas para controlar la hidropesía que padecia desde años atrás. Fue salir al jardín y un ensordecedor rayo hizo temblar toda la casa. Matthew quedó fulminado y en estado de carbón.
Tal vez sea poco elegante el comentarlo ahora, pero recuerdo que ya lo tenía acorralado, había rendido su reina, tres peones y un alfil, mientras que yo conservaba todas las piezas a salvo.
Aquel sorprendente desenlace le ahorró lo que hubiera sido una segura humillación sobre el tablero, y es que los grandes males muchas veces vienen con la única y estúpida excusa de librarnos de algún pequeño mal, y sin que nadie haya solicitado su desinteresada intervención.
(Continuará...)