
Si he de ser sincero, hay un rasgo de mi fisinomía que he omitido deliberadamente. Se trata de mi ojo de cristal. Cuando perdí mi ojo derecho en las Falkland pensé que aquello me convertiría en una especie de tullido marcado por una carencia irreparable, hoy creo que es uno de mis mayores atractivos, todo el mundo, especialmente las mujeres, se siente sojuzgado al verse observado (si es admisible la expresión en semejante contexto) por su iris azul prusia y ese brillo maléfico que despide; ellas quedan a mi merced como si estuviesen hipnotizadas, pero tal vez ésto no sea más que una percepción subjetiva. Es una pieza única, de factura artesanal, el perista que me lo vendió dijo haberlo adquirido en Innsbruck, asegurando que perteneció a un teniente del Africa Korps herido en la batalla del Alamein, un tal Engel Höllenglas de Landshut, Baviera. De cualquier forma, desde que lo implanté en la cuenca vacía de mi rostro me siento asistido por una suerte de energía que me infunde seguridad y decisión en los momentos más difíciles, claro que ésto pudiera ser también una percepción subjetiva. Desde que me alcanzó la esquirla de una granada en Port Stanley en 1982, cobro una paga del gobierno británico, que junto con mis ingresos obtenidos de la venta por correo de arácnidos me permite llevar un ritmo de vida bastante desahogado.
Lo del tatuaje de mi espalda, testimonio de mi juventud al servicio de la Marina de Su Majestad la Reina de Inglaterra, es algo irrelevante, aunque a mis visitas les produce no poca turbación; una pin-up generosamente dotada por la naturaleza, a tres tintas. Les explico una y otra vez que se trata de una Venus esteatopigia y que ya en el paleolítico se representaban tales figuras como ídolos que asegurasen la fertilidad, o les digo que reproduce la imagen de una madre nutricia tatuada en mi espalda únicamente con fines apotropaicos, pero siempre me miran con recelo, estúpidos prejuicios de una cultura intelectualmente castrante y obsoleta. (Continuará...)
Lo del tatuaje de mi espalda, testimonio de mi juventud al servicio de la Marina de Su Majestad la Reina de Inglaterra, es algo irrelevante, aunque a mis visitas les produce no poca turbación; una pin-up generosamente dotada por la naturaleza, a tres tintas. Les explico una y otra vez que se trata de una Venus esteatopigia y que ya en el paleolítico se representaban tales figuras como ídolos que asegurasen la fertilidad, o les digo que reproduce la imagen de una madre nutricia tatuada en mi espalda únicamente con fines apotropaicos, pero siempre me miran con recelo, estúpidos prejuicios de una cultura intelectualmente castrante y obsoleta. (Continuará...)