
La incredulidad de Santo Tomás, óleo original de Caravaggio
Mi amigo Francoise, o Francois pronunciado Fransuá, es un tipo distante, silencioso y altivo como una anguila de acuario. Tan sólo cuando le saco uno de esos extraordinarios vinos de noble crianza y proverbial añada de los que tanto gusta, se explaya sin ambages, parece encontrarse en su medio a partir de la primera botella y me hace confidente de algún pormenor de su agitada y meritoria vida. Los Mares del Sur siempre presentes, su oscuro pasado como marchante de arte falso o alguna de sus rocambolescas historias de agitador político diestro en el sabotaje llegan desde su boca a mis oídos,envueltas en la macarrónica pronunciación del castellano, aun llenas de clichés y lugares comunes, en la cautivadora apariencia de perfectas quimeras, y si uno no conociese bien al narrador, se le antojarían meras ensoñaciones y difícilmente daría crédito a sus palabras.
Aquel día provoqué conscientemente su confesión con el sacrificio de tres botellas de uno de los mejores caldos que guardo en mi bodega, y mentiría si niego que Francoise, que Francois pronunciado Fransuá, no se despachó a gusto escondido como un fantasma tras el denso velo del humo de su cigarrillo.
A través de la nube de humo surgía y desaparecía de nuevo su enorme mostacho engominado como un arrogante mustélido levitando sobre una chimenea.
-Lulú suena a nombre de puta o de perro faldero, pero cuando conocí a Lucille, ella era el más hermoso animal sobre el que nunca antes se habían posado mis ojos de tasador de carne. Y se hacía llamar Lulú. Lulú, Lulú, Lulú, nombre que se mire como se mire huele a ritual de bidet mil veces ofrecido en un motel barato.
Todavía no era lo que se dice una puta, pero llevaba camino de serlo irremediablemente. No peco de inmodestia si confieso que fui yo el que le saqué de aquel podrido arroyo de la rue Fromentin, el que le enseñó a vestir el satén y a moverse en una pasarela, a distinguir un Jerez de un Oporto, un Vermeer de un Meergeren y a un connaisseur de un simple diletante. Insignificantes bagatelas comparadas con lo que ella me dio: las albricias de sus mejores primaveras, el don preclaro de su insultante juventud.
-Francoise, o Francois pronunciado Fransuá se inclinó hacia adelante y su desmelenada cabezota surgió de pronto como la de un fauno perdido entre la niebla, unicamente su ridículo sombrero de jipijapa delataba que aquel ser pertenecía de alguna manera al mundo de los hombres y no había escapado como por ensalmo de la más sorprendente de las mitologías. Sus ojos brillaban como ascuas y uno no sabría decir a ciencia cierta si aquello era debido al Grand cru classé Bordeaux que bebía con entusiasmo, o al dolor que le producía la memoria que evocaba con sus propias palabras.
-No había vuelto a saber de ella desde que se marchó con el comisario de una exposición de Caravaggio que le presenté en el Centro Pompidou, yo creo que más impresionada por el claroscuro que por ese petrimetre italiano de botines blancos que se llamaba Moretti -¡Parbleu!-, veintidós años en los que no volví a saber de ella, veintidós años en los que se la tragó la tierra, y yo ya nunca más volví a ser el mismo.
-Francoise o Fransuá apuraba su copa como si fuera agua mineral y tuve que ir a la bodega a por otro par de botellas. Aquella confesión me iba a salir por un ojo de la cara, pero qué demonios, aquella historia prometía y por nada del mundo iba dejar marcharse a aquel tipo y quedarme a medias, ya sabía yo de qué pie cojeaba el pajarito y cuál era el sistema infalible para hacerle cantar.
-Un amigo piloto de la marina mercante -continuó mientras bebía a mis expensas con la sed propia de un explorador perdido en el desierto- me llamó por teléfono y aseguró haberla reconocido en una oscura tienducha de efectos navales del puerto de Dunkerque, que parecía un espectro de lo desmejorada que estaba, pero que continuaba teniendo ese caer de ojos que había hecho que París entero se pusiese a sus pies. Yo que creía haber enterrado su recuerdo en un lejano país, en una playa lejana... temblaba ahora mi mano sujetando el auricular, escuchando de nuevo su nombre, Lucille, Lucille, Lucille, mon petite mademoiselle das neiges d´antan, mi pálida y loca golondrina. Fingí el más absoluto desinterés por la noticia mientras mi corazón latía como un cañón de aire comprimido, y tras darle las gracias por su llamada le colgué y me puse a hacer atropelladamente la maleta. En media hora estaba en Gare Montparnasse comprando un billete para el próximo tren hacia Dunkerque. (Continuará...)