
Katalin Pongracz observa desde su apartamento cómo lloran los transeúntes. Las amas de casa con su carrito de la compra, los jóvenes empleados de la sucursal bancaria del chaflán que salen a tomar un café a las 10´35, los niños con sus jerseys de rayas de colores, el guardia urbano que dirige el tráfico en la calle Fiáth János, no lejos del Danubio.
Todos lloran desde hace por lo menos tres horas en que empezó a observar el extraño fenómeno. Katalin elige en las primeras páginas de la guía telefónica un número al azar. Una operadora afirma entre amargos sollozos que está hablando con la centralita del aeropuerto de Budapest, Katalin cuelga.
En el televisor el hombre del tiempo, con el traje arrugado y cara de tortuga, llora desconsoladamente y anuncia intervalos nubosos y claros para hoy martes y para mañana miércoles mientras se limpia las lágrimas con un pañuelo de hilo verde. Katalin imagina todas las posibles causas de semejante acontecer. En la radio la locutora enumera los titulares del día: El desplome de la bolsa de Tokyo, Inundaciones en Bangladesh, Golpe de estado en Mogadiso. Ninguna referencia al prodigio que sólo Katalin parece observar, por supuesto la locutora también gimotea a través de las ondas sin que nada al parecer le proporcione alivio .
Katalin lleva bebiendo agua mineral embotellada desde hace una semana debido a una afección renal y sospecha que todo este prodigio de debe a una intoxicación masiva que afecta a toda la población a la que se le está administrando alguna sustancia estupefaciente aprovechando el sistema de abastecimiento hidráulico.
Katalin decide telefonear a su amigo Barnatan Trempkel que vive en Berlín.
En la calle cinco monjas lloran esperando el cambio del semáforo, un turista les pide una indicación mientras llora como si fuera un niño perdido en el rincón más oscuro del bosque.
Katalin le ha preguntado a Barnatan si puede pedirle algo y Barnatan le contesta que puede pedirle todo, que él le dará el oro y el moro. Y Barnatan también llora y llora sin poder controlarse, y sus palabras se convierten en un llanto infantil, en la rabieta incontrolable de un bebé que pide pecho.