jueves 31 de diciembre de 2009

estados crepusculares


















Ay Renata, Renata.
Imperativos de la naturaleza junto a la testosterona que se ceba contigo manifestándose en forma de espinillas; eso pone en evidencia la propia imagen pública y hace que te sumas en la postración de tu tabuco de hija de matrimonio burgués durante una semana, mientras las otras chicas acuden a las fiestas de sandwiches y Brit-pop escondidas tras espesas capas de maquillaje porque ellas lo valen o al menos eso dice la publicidad y se afanan en ser cautivadoras.
La lectura es tu refugio y tal vez sea papá el culpable de dejar sus libros a tu alcance en sus largas ausencias abriendo la puerta a la secuencia de los inevitables acontecimientos.

Nada ha ocurrido desde el sábado en que la pobre Norma tuvo ese desagradable accidente.
Coles de Bruselas, salmón marinado, profiteroles. Has descubierto el amor y desde luego eso no es lo que une a tus papás, eternos aspirantes a un piso mayor, a un televisor mayor, a un frigorífico mayor, a ser ricos y olvidar para siempre Manchester y sus horribles chimeneas manchadas de hollín. Ambos con su retahila de amantes torpes y mediocres, adaptados a la propia torpeza y mediocridad del papel analgésico que interpretan en su patético vodevil.
Eres sólo una chica normal, ¿qué hay de malo en leer los libros de papá? Piccalilli con chuletas de Sajonia, sweet pickle con cheedar, Crímenes bestiales de Patricia Highsmith, profiteroles.
Chuletitas de cordero con salsa de menta, bacalao a la vizcaína, Arte del asesinato de Chesterton, profiteroles.
Baked beans, besugo al horno, Del asesinato considerado como una de las Bellas Artes de Thomas De Quincey. Profiteroles con lo malos que son para el acné.
Entonces sucede:
En el último estante de la librería desafiando a la ciencia y al paso de los tiempos, el primer volumen de L´uomo delinquente de Lombroso con su lomo en piel de cabritilla con nervios estampados en oro. (Pero qué aburridos que son los ensayos)
Entre el "Loco moral" y el "Delincuente loco" te interpretas en tu piel pálida, en tu soledad infinita , "Delincuente epiléptico", (qué fascinante empieza a resultar esto de la criminología):
Precocidad sexual y alcohólica, somnambulismo y estados crepusculares, rapidez de cicatrización de las heridas, tendencia a la holgazanería, canibalismo, vanidad, grafomanía y doble personalidad en la escritura, intermitencias y cambios de humor, amnesias frecuentes, propensión al tatuaje...
Ahora sabes ya un poco más de ti, porque lo que has encontrado es un admirable espejo. Es el momento en que el monstruo descubre que es monstruo y recuerdas con orgullo el día en que empujaste a Norma desde el saliente de la azotea durante el desfile y su extraño ruido al caer sobre aquel sedán verde metalizado. Aún eres muy joven para conocer el sabor de la carne humana y comes más y más profiteroles y corres enseguida al baño y miras satisfecha los tatuajes procaces como si formasen parte de esa cambiante fisonomía desde tu nacimiento y enciendes un puro de los que papá se lleva siempre al fútbol y te bebes a gusto su mejor ponche, ese que acostumbra sacar para las visitas.
Renata, Renata, niña mala.
Mientras te miras al espejo comprendes qué dedo es el que te ha señalado y asumes más allá de tu adolescencia que ese dedo sucio no es el del azar, porque es el dedo sucio del destino.
Tu destino Renata, blanca flor de invernadero.